Fui de la generación del botellón para que negarlo. Si al mirar atrás ves un ir y venir de amigos, bancos, parkings, escaleras, parques, playas, de botellas de marca la pava, bolsas de hielo y vasos de plástico; e ahí la prueba.

Al pasar los 30 eso del botellón no está bien visto (ahora lo más apropiado es tomar Gin Tonic), aunque si te criaste en la época del botellón es normal que te den ganas de volver a beber en la calle cuando pides un Gin Tonic (al que quién sabe por qué le ponen kiwi flameado y especias) y te clavan 12 €. Esta situación, basada en hechos reales, me hizo reflexionar y me propuse escribir un artículo al respecto. Este es el resultado.

Con este artículo he quiero responder a algunas de las preguntas acerca del alcohol y el organismo que se han ido acumulando a lo largo de los años como por ejemplo: ¿Cómo afecta el alcohol a mi cerebro? ¿Por qué tenemos resaca? ¿Qué hace que con la edad las resacas sean monstruosas? ¿Cuál es el mejor kit de supervivencia para la resaca? ¿Por qué después de una borrachera épica a base de Martinis no puedo ni olerlo?

Resaca: una historia de amor

couple-love-bedroom-kissing

Rebuscando entre artículos científicos acerca de los efectos del alcohol en el organismo, lo que menos te esperas es encontrar una apasionante historia de amor. Pero así fue. El alcohol (Romeo) y los receptores de glutamato (Julieta) sienten al encontrarse una atracción tan fuerte que cuando se ven por primera se produce un flechazo, y ambos se funden para siempre en un eterno abrazo. Como consecuencia de ello mis receptores de glutamato quedan inutilizados.

Aquí comienza el culebrón. Cuando el glutamato, quien está comprometido con el receptor de glutamato, se entera de la infidelidad se deprime y mucho. Resulta que el glutamato es importante porque se encarga de excitar las conexiones entre neuronas (las archiconocidas sinapsis), y como el glutamato no hace más que llorar y gastar Clinex, el funcionamiento de mi cerebro se resiente. Como cualquier pareja joven y apasionada, los receptores de glutamato y el alcohol tienen sus lugares favoritos. Les gusta proclamar su amor por el hipocampo (memoria), la amígdala (emociones) y el cuerpo estriado (movimiento y otros menesteres). ¡Esto me pasa por beber! ¿No? En parte sí, pero resulta que ocurre lo mismo cuando me como un buen chuletón (debido a la grasa animal) o media docena Cup Cakes (gracias a la bomba de azúcar).

Mientras tanto, el alcohol se va apoderando de mi cuerpo y lo altera. Uno de los más perjudicados es mi hígado dado que cambia su forma de funcionar (su metabolismo vaya), lo que se traduce en una escasez de azúcar en sangre.  Otro aspecto interesante (para sentirme como si me hubiera pasado un camión por encima) es que el alcohol es diurético y hace que me pase la noche yendo al baño como si no hubiera un mañana. El resultado: deshidratación.

head-254863

Al final la historia de amor acaba con un final trágico. En mi cerebro el alcohol entra repartiendo manporros a las neuronas al más puro estilo Bud Spencer. El alcohol es nuerotóxico y hace que un buen puñado de mis neuronas mueran. En una persona sana, las neuronas sólo mueren por un golpe fuerte en la cabeza o debido a tóxicos. Y aquí ni el kiwi, ni las especias, ni San Pancracio pueden hacer nada. De todos modos (mamá no te preocupesen mi hipocampo nacen unas 700 neuronas cada día (y también en otras partes del cerebro).

¿Qué hace mi organismo con el alcohol? Su estrategia es convertir algo tóxico en algo inofensivo. ¿Cómo? En el hígado hay dos enzimas encargadas de convertir el alcohol (tóxico como el sólo) en un inofensivo acetato. Lo que ocurre es que cuando la concentración de alcohol es muy elevada (como ocurre con el whisky o la ginebra), nuestro hígado tiene más trabajo que el polígrafo de “Salvame” y no da a basto. En este contexto, nace el hijo del alcohol y los receptores de glutamato: la resaca.

Dormir la mona

industrial-1636380_1280

La mejor forma de eliminar toxinas es durmiendo porque es cuando viene la mujer de la limpieza. Mientras en mi organismo el sistema linfático se encarga de recoger la basura celular, en mi cerebro el tamaño de las células se reduce un 60% y se lanza un chorro de líquido cefalorraquideo para limpiar toxinas (sistema glinfático) que arrastra la porquería hasta el hígado donde finalmente pasan a mejor vida.

Esto es muy lógico. Imagina que los barrenderos salen a limpiar las calles con la manguera a las 9 de la mañana. La ciudad despierta, el tráfico es denso, tardan una hora mas en llegar al lugar. Luego empiezan a mojar a jóvenes que van a la escuela o ejecutivos, reciben quejas, y tardan dos horas más en hacer si trabajo. Esto no es eficiente. Y al organismo le obsesiona la eficiencia. En resumidas cuentas, la noche que decido irme de botellón es para mi cuerpo como para un pueblo sus fiestas patronalesy el hígado es el pringado que le toca hacer turno triple.

La resaca y la edad

A los 18 años comienza a confabular nuestra piel para tejer las primeras arrugas (la regeneración no da a basto). A partir de los 30 la tendencia de es a perder músculo y ganar grasa. Celebramos nuestro 40 cumpleaños produciendo menos saliva (nuestra pasta de dientes antibacterias natural) y los dientes se quedan en cueros, o a los 65 la voz cambia el tono debido a que se “aflojan” las tuercas de los tejidos blandos de la laringe. Vamos que con el tiempo en nuestro organismos van cambiando cosas.

pexels-photo-132737

Aunque nos preparemos brebajes más caros o sofisticados, los estudios científicos muestran que con la edad tenemos más grasa (y menos líquido) por lo que estamos peor hidratados y nuestro hígado se hace más vago (en concreto la culpa es de las enzimas que se encargan de metabolizar el etanol). Vamos que el alcohol resulta más tóxico porque lo eliminamos peor y nuestros órganos se vuelven más sensibles a la toxicidad, lo que hace que al pasar los 30 el tiempo necesario para recuperarse de una resaca se alarga sin compasión (dos días no te los quita nadie).

Kit de supervivencia para la resaca

Dos cosas que te resultarán muy útiles para tus futuras salidas nocturnas. La primera es tener presente las bebidas alcohólicas que más resaca dan. De mayor a menor: coñac, vino tinto o calimocho, ron, whisky, vino blanco, gin tonic, vodka y cerveza. (Sí, estoy de acuerdo que antes de los nombres que le hemos puesto a los volcanes, deberían habernos enseñado esto en el colegio).

Con esto en mente, y una vez elegido el tóxico de la noche, propongo sin más dilación un kit de supervivencia para la resaca:

KIT DE SUPERVIVENCIA PARA LA RESACA


  • Antes y después dela juerga, un buen chute de carbohidratos.
  • Bebe toda el agua que puedas (si es entre copas mejor).
  • Duerme lo máximo posible.
  • Prohibido el café (es diurético y, aunque despierta, terminaría por deshidratar igual que el alcohol… malo).
  • Come fruta (peras, manzana un poco oxidada o naranja).
  • Si como yo has pasado los 30, plantéate tomar un sabroso Ibuprofeno antes o al levantarte.
  • Para la sensación de sentirse minúsculo o de que el mundo es una m**r*a… lo mejor son mimos.

También puedes no beber alcohol si no te apetece (en serio, te lo pasarás bien igualmente). 

¿Por qué no puedo oler el Martini?

Hace más de quince años me pillé una buena borrachera a base de Martini. Desde entonces, es oler el Martini y…. ¡Buuaahhhhhhgkas! ¿Cómo es posible que el olfato evoque ese recuerdo tan intensamente?

cocktail-1548905_1280

Al servirme un Martini millones de moléculas se desprenden y algunas de ellas llegan a mi epitelio olfativo (en cristiano tejido olfativo). Allí le esperan alrededor de 15-20 millones de neuronas bañadas en moco que están conectadas al bulbo olfativo (como el escaparate de una perfumería). Lo interesante es que milésimas de segundo después, en su camino por el cerebro, la información del olfato relativa al Martini atraviesa las zonas que se encargan de mis emociones y  sentimientos (corteza insular y amígdala), lo que hace que aquello que huelo se vuelva emotivo y sentimental.

Los olores no son algo físico del alimento sino una experiencia mental. Lo mismo ocurre con todos los sentidos y también con la memoria. Este punto es clave para entender cómo un olor puede generar un estigma en mi memoria, y nada más encontrarse mi epitelio olfativo con moléculas de Martini, mi cerebro hace que sienta un asco que pa qué.

Gracias a Dios estamos genéticamente programados para tener comportamientos como este, así la estupidez que me llevó a tomar 6 vasos de Martini hace más de quince años, y pasar aquella resaca épica, no se volverá a repetir (al menos con Martini). ¡Salud!

Referencias

  • Bueno, D., Cerebroflexia: El arte de construir el cerebro. 2016, Barcelona, España: Plataforma editorial.
  • Meier, P. and H.K. Seitz, Age, alcohol metabolism and liver disease. Curr Opin Clin Nutr Metab Care, 2008. 11(1): p. 21-26.
  • Estupinyà, P., El ladrón de cerebros: Compartiendo el conocimiento científico de las mentes más brillantes. 2010, Barcelona, España: Debate.

Watch Dragon ball super