La honestidad es un gesto de empatía con uno mismo. ¿Y la paz? Un gesto de empatía de uno mismo con la humanidad

David del Rosario


Alguien decidió hace tiempo que la ciencia debía comunicarse empleando un lenguaje exclusivo, con un tono  impersonal y serio (imagino que para parecer objetiva y dar la sensación de que no hay nadie detrás). Paradójicamente, ha sido la propia ciencia la que con sus experimentos pone al descubierto que entendemos y recordamos mejor las cosas si las explicamos a través de relatos e historias.

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A veces pienso que si Gandhi o Einstein hubiesen citado todas las frases o protagonizado las numerosas anécdotas que se les atribuyen, no habrían tenido tiempo en una vida para estudiar derecho o edificar la teoría de la relatividad. Tal vez, y sólo tal vez, algunas de estas atribuciones sean pequeñas estrategias piadosas que utilizamos para tratar de darle más peso a aquello que contamos. Esta historia puede no ser verdad (puede que Gandhi no tuviera nada que ver con ella), pero es honesta.

Cuentan que Mahatma Gandhi recibió la visita de una madre desesperada. Su querido hijo menor padecía una enfermedad metabólica que le impedía asimilar el azúcar y, por mucho que lo intentaba, no conseguía alejar al niño de los dulces. Sir Gandhi era toda una autoridad en la India ya por aquel entonces, y la madre estaba convencida de que si el maestro decía a su niñito que dejara de comer dulces éste obedecería sin rechistar. Para su desilusión, tras escuchar detenidamente la explicación por parte de la mujer y comprender perfectamente la situación del joven, el Maestro les pidió que volvieran en quince días confesando que en este momento no podía ser de mucha ayuda. La madre abatida y desconcertada se marchó pensando que a Gandhi le importaba tres pepinos si su hijo moría o no.

A pesar de la gran decepción, la mujer no tenía muchas más opciones y esperó. En la fecha acordada se presentó de nuevo en casa del Maestro y éste los recibió cortésmente. Mientras frotaba cariñosamente la cabeza del niño, se agachó  nivelándose a su altura y buscó sus ojos para pedirle encarecidamente que dejara de comer dulces. El niño asintió y prometió no volver a hacerlo nunca más.Antes de marchar, la madre no pudo contener la curiosidad y preguntó a Gandhi por qué les había hecho volver a las dos semanas con lo fácil que hubiera sido decirle a su hijo que dejara de comer azúcar la primera vez que le visitaron. El Maestro sonrió y respondió: “primero tenía que ser yo mismo el que dejase de comer dulces”.

Esta es, sin duda, una buena “definición” de honestidad. La historia nos acompaña a un lugar desde donde puede verse a la honestidad no como un concepto sino como un gesto, una experiencia individual, un acto de empatía con uno mismo que no tiene nada que ver con los demás o, necesariamente, con decir la verdad. Así es como nuestro organismo lo ve.

Todas las personas contamos con un “detector de honestidad” situado en la corteza cingulada anterior que responde a este gesto. Alinear nuestra visión, nuestra idea de la vida o de la honestidad, con la idea que nuestro organismo tienes acerca de ellas es vital para nuestra salud e imprescindible para nuestra felicidad. Me quedo con: “La honestidad es un gesto de empatía con uno mismo… ¿Y la paz? Un gesto de empatía de uno mismo con la humanidad”.

Referencias

Hancock, J., Manual práctico para estimular y potenciar la memoria. Más de cincuenta técnicas y ejercicios. 2001, Barcelona: Leopold Blume.

Punset, E., Brújula para navegantes emocionales. Cuarta ed. 2009, Madrid.

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